L’angolo della lettura2019-05-11T13:01:55+00:00

L’angolo della lettura

Jornada mundial de oración por las vocaciones

Dios se muestra compasivo con todos estos que caminan hacia el desaliento[…]  Y para estas pobres almas, de la misma forma que envió a los profetas para su pueblo, de la misma forma que me ha enviado a mí para el mundo entero, pues, después de mí, enviará a los servidores de la Palabra, de la Verdad y del Amor, para repetir mis palabras. Porque son mis palabras las que dan la Vida. De manera que mis ovejas de ahora y del futuro tendrán la Vida que Yo les doy a través de mi Palabra, que es Vida eterna para quien la acoge, y no perecerán nunca y ninguno podrá arrancarlas de mis manos. […]

*

(El Evangelio como me ha sido revelado, 537)

No es posible estar parados en esta mañana fría y ventosa. En la cima del Moria el viento que sopla en dirección nordeste arremete punzante, de forma que hace ondear los vestidos y pone rojos los ojos y las caras. No obstante, hay gente que ha subido al Templo para las oraciones. Pero faltan completamente los rabíes con sus respectivos grupos de alumnos. Así que el pórtico parece más grande y, sobre todo, más digno, no estando esa concurrencia vociferante y pomposa que de ordinario lo ocupa.

Debe ser cosa muy extraña verlo vacío así, porque todos se asombran como de una cosa nueva. Y Pedro se escama. Pero Tomás, que, arropado como está en un amplio y grueso manto, parece aún más robusto, dice: «Se habrán encerrado en alguna estancia por miedo a perder la voz. ¿Los añoras?», y se ríe.

«¡Yo no! ¡Ojalá no los viera nunca! Pero mi miedo es que…» y mira a Judas Iscariote, que no habla pero que aferra la mirada de Pedro y dice: «Verdaderamente han prometido no crear más dificultades, excepto en el caso de que el Maestro los… escandalizara. Está claro que vigilan, pero no están porque aquí ni se peca ni se daña».

«Mejor así. Y que Dios te bendiga, muchacho, si has conseguido hacerles razonar».

Es pronto todavía. En el Templo hay poca gente. Digo “poca”, y es lo que parece, dadas las dimensiones del Templo, que para parecer lleno necesita masas de gente. Dos o trescientas personas ni se ven en ese complejo de patios, pórticos, atrios, corredores…

Jesús, único Maestro en el vasto Pórtico de los Paganos, camina arriba y abajo hablando con los suyos y con los discípulos que ha encontrado ya en el recinto del Templo. Responde a sus objeciones o preguntas, aclara puntos que ellos no han sabido aclararlos ni a sí mismos ni a otros.

Vienen dos gentiles, le miran, se marchan sin decir nada. Pasan algunos que tienen algún cometido en el Templo, le miran; tampoco dicen nada. Algún fiel se acerca, saluda, escucha. Pero son pocos todavía.

«¿Vamos a seguir aquí?» pregunta Bartolomé.

«Hace frío y no hay nadie. Pero es agradable estar aquí con tanta paz. Maestro, hoy estás justamente en la Casa de tu Padre. Y como amo» dice sonriendo Santiago de Alfeo. Y añade: «Así debía ser el Templo en tiempos de Nehemías y de los reyes sabios y píos».

«Yo sugeriría marcharnos. Allá nos espían…» dice Pedro.

«¿Quién? ¿Fariseos?».

«No. Los que han pasado antes y otros. Vámonos, Maestro…».

«Espero a enfermos. Me han visto entrar en la ciudad; la voz se ha esparcido, sin duda. Con las horas más calientes vendrán. Quedémonos, al menos, hasta un tercio de sexta» responde Jesús, y reanuda su marcha adelante y atrás para no quedarse parado con ese aire crudo.

En efecto, pasado un rato, cuando el Sol trata de mitigar los efectos de la tramontana, viene una mujer con una niña enferma y pide la curación. Jesús la complace. La mujer deposita su óbolo a los pies de Jesús y dice: «Esto para otros niños que sufren». Judas Iscariote recoge las monedas.

Más tarde, en unas angarillas, traen a un hombre anciano, enfermo de las piernas. Y Jesús le cura.

Los terceros en venir son un grupo de personas que ruegan a Jesús que salga fuera de los muros del Templo para expulsar a un demonio de una jovencita cuyos desgarradores gritos se oyen incluso allí. Y Jesús se encamina detrás de ellos y sale a la calle que lleva a la ciudad.

Una serie de personas, entre quienes hay unos extranjeros, están apiñados alrededor de los que sujetan a la jovencita, que babea y forcejea y tuerce horriblemente los ojos. Palabrotas de todo tipo salen de sus labios, y aumentan a medida que Jesús se acerca a ella, como también crece su esfuerzo por librarse de los cuatro hombres jóvenes y fuertes que, no sin mucha dificultad, la tienen sujeta. Y, con los improperios, estallan gritos de reconocimiento del Cristo y angustiosas súplicas del espíritu que la tiene poseída para no ser expulsado, y también verdades, repetidas con monotonía: «¡Vete! ¡Que no vea yo a este maldito! ¡Márchate! ¡Fuera! Causa de nuestra ruina. Sé quién eres. Tú eres… Tú eres el Cristo. Tú eres… Sólo te ha ungido el óleo de arriba, no otro. La potencia del Cielo está sobre ti y te defiende. ¡Te odio! ¡Maldito! No me expulses. ¿Por qué nos expulsas a nosotros y no nos aceptas, mientras que tienes cerca de ti una legión de demonios en uno solo? ¿No sabes que todo el infierno está en uno? Sí lo sabes… Déjame aquí al menos hasta la hora de…».

La palabra se corta a veces, como ahogada; otras veces cambia; o primero se para y luego se prolonga en medio de gritos inhumanos, como cuando grita: «Déjame entrar al menos en él. ¡No me mandes allá al Abismo! ¿Por qué nos odias, o Jesús, Hijo de Dios? ¿No te basta con lo que eres? ¿Por qué quieres mandar también sobre nosotros? ¡No queremos que nos manden! ¿Por qué has venido a perseguirnos, si nosotros te hemos renegado? ¡Márchate! ¡No arrojes sobre nosotros los fuegos del Cielo! ¡Tus ojos! Cuando se cierren reiremos… ¡Ah! ¡No! ¡Ni siquiera entonces!… ¡Tú nos vences! ¡Nos vences! ¡Malditos seáis Tú y el Padre que te ha enviado y el que de vosotros proviene y es vosotros…! ¡Aaaah!».

El último grito ya hay que decir que es espantoso, de criatura degollada en que lentamente entrase el hierro homicida, y ha sido originado por el hecho de que Jesús, después de haber truncado muchas veces por imperativo mental las palabras de la poseída, pone fin a ellas tocando con un dedo la frente de la jovencita. Y el grito termina en una convulsión horrenda, hasta que, con un fragor que es parte carcajada y parte grito de un animal de pesadilla, el demonio la deja, gritando: ¡Pero no me voy lejos… ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!», seguido inmediatamente por un estallido seco como de rayo, a pesar de que el cielo esté tersísimo.

Muchos huyen aterrorizados. Otros se apiñan aún más para observar a la jovencita, que se ha calmado de golpe, desfalleciendo entre los brazos de los que la sujetaban. Está así unos pocos instantes y luego abre los ojos, sonríe. Se ve sin velo que cubra su cara ni su cabeza, rodeada de gente, y entonces alza un brazo y reclina la cara sobre él para esconderla.

Los que están con ella quisieran que diera las gracias al Maestro. Pero Él dice: «Dejadla con su pudor. Su alma ya me está dando las gracias. Llevadla a casa, con su madre. Es su lugar como jovencita que es…», y vuelve las espaldas a la gente para entrar en el Templo, al lugar de antes.

«¿Has visto, Señor, que muchos judíos habían venido a espaldas nuestras? He reconocido a algunos de ellos… ¡Ahí están! Son los que nos espiaban antes. Mira cómo disputan entre sí…» dice Pedro.

«Estarán estableciendo en quién de ellos ha entrado el diablo. Está también Nahúm, el apoderado de Anás. Reúne las condiciones…» dice Tomás.

«Sí. Y tú no has visto, porque estabas vuelto de espaldas, pero el fuego se ha abierto justo encima de su cabeza» dice Andrés, y casi le castañean los dientes. «Yo estaba cerca de él. ¡He tenido un mie do!…».

«Realmente estaban todos juntos ellos. Pero yo he visto el fuego abrirse encima de nosotros y me he sentido morir… Es más, he temido por el Maestro. Parecía justamente suspendido sobre su cabeza» dice Mateo.

«¡No, hombre! Yo lo que he visto ha sido que salía de la niña y estallaba sobre la muralla del Templo» rebate Leví, el pastor discípulo.

«No discutáis entre vosotros. El fuego no ha indicado ni una cosa ni la otra. Ha sido sólo la señal de que el demonio había huido» dice Jesús.

«¡Pero ha dicho que no se marchaba lejos!…» objeta Andrés.

«Palabras de demonio… Na hay que escucharlas. Más bien, alabemos al Altísimo por estos tres hijos de Abraham curados en el cuerpo y en el alma».

Entretanto, muchos judíos, surgidos de una u otra parte —no había entre ellos fariseos o escribas o sacerdotes, ni siquiera uno— se acercan a Jesús y se ponen en torno a Él. Uno toma la iniciativa y dice: «¡Grandes cosas has hecho en este día! Obras verdaderamente de profeta, de gran profeta. Y los espíritus de los abismos han dicho de ti cosas grandes. Pero sus palabras no pueden ser aceptadas, si no las confirma tu palabra. Esas palabras nos estremecen, pero también tememos un gran engaño, porque es sabido que Belcebú es espíritu de falsedad. No quisiéramos equivocarnos ni ser engañados. Dinos, pues, quién eres, con tu boca de verdad y justicia».

«¿Y no os he dicho muchas veces quién soy? Hace casi tres años que os lo llevo diciendo, y antes de mí os lo dijo Juan en el Jordán y la Voz de Dios desde los Cielos».

«Es verdad. Pero nosotros no estábamos las otras veces. Nosotros… Tú, que eres justo, debes comprender nuestra congoja. Quisiéramos creer en ti como Mesías. Pero ya demasiadas veces el pueblo de Dios ha sido engañado por falsos Cristos. Consuela con una palabra segura nuestro corazón, que tiene esperanza y que espera, y te adoraremos».

Jesús los mira severamente. Sus ojos parecen perforar las carnes y poner al desnudo los corazones. Luego dice: «En verdad, muchas veces los hombres saben decir mentiras mejor que Satanás. No. Vosotros no me adoraréis. Nunca. Os dijera lo que os dijera. Y, aunque llegarais a hacerlo, ¿a quién adoraríais?».

«¿A quién? ¡Pues a nuestro Mesías!».

«¿Seríais capaces? ¿Quién es para vosotros el Mesías? Responded, para que sepa cuánto valéis».

«¿El Mesías? Pues el Mesías es aquel que por mandato de Dios reunirá al esparcido Israel y le convertirá en un pueblo triunfal, bajo cuyo poder estará el mundo. ¿Qué, es que Tú no sabes lo que es el Mesías?».

«Lo sé como vosotros no lo sabéis. ¿Para vosotros, pues, es un hombre que, superando a David y a Salomón y a Judas Macabeo, hará de Israel la Nación reina del mundo?».

«Así es. Dios lo ha prometido. Toda venganza, toda gloria, toda reivindicación, vendrán del Mesías prometido».

«Está escrito: “No adorarás sino al Señor Dios tuyo”. ¿Por qué, entonces, me adoraríais, si en mí sólo podríais ver al Hombre-Mesías?».

«¿Y qué otra cosa tenemos que ver en ti?».

«¿Que qué? ¿Y con estos sentimientos venís a hacerme preguntas? ¡Raza de víboras taimadas y venenosas! Y sacrílegas también. Porque si en mí no pudierais ver más que el Mesías humano, y me adoraseis, seríais idólatras. Sólo Dios ha de ser adorado. Y en verdad os digo, una vez más, que el que os habla es más que el Mesías que vosotros os inventáis, con la misión, las tareas, los poderes que vosotros —desprovistos de espíritu y de sabiduría— os imagináis. El Mesías no viene a dar a su pueblo un reino como el que creéis, no viene a ejercer venganza sobre otros poderosos. Su Reino no es de este mundo y su poder supera a todos los poderes limitados del mundo».

«Nos humillas, Maestro. Si eres Maestro y nosotros somos ignorantes, ¿por qué no quieres instruirnos?».

«Hace tres años que lo vengo haciendo, y vosotros estáis cada vez más en las tinieblas porque rechazáis la Luz».

«Es verdad. Quizás es verdad. Pero lo que ha sido en el pasado puede dejar de serlo en el futuro. ¿Es que Tú, que tienes compasión de los publicanos y las meretrices y que absuelves a los pecadores, quieres no tener piedad de nosotros, sólo porque somos de dura cerviz y nos cuesta comprender quién eres?».

«No es que os cueste. Es que no queréis comprender. Padecer idiotez no sería una culpa. Dios tiene tantas luces, que podría iluminar al intelecto más obtuso, obtuso pero lleno de buena voluntad. Ésta falta en vosotros. Es más, tenéis voluntad opuesta. Por eso no comprendéis quién soy Yo».

«Será como dices. Ya ves que somos humildes. Pero te rogamos en nombre de Dios, responde a nuestras preguntas, no nos tengas más tiempo a la expectativa. ¿Hasta cuándo nuestro corazón debe estar en la incertidumbre? Si eres el Cristo, dínoslo abiertamente».

«Os lo he dicho. Os lo he dicho en las casas, en las plazas, por los caminos, en los pueblos, en los montes, en las orillas de los ríos, frente al mar o a los desiertos, en el Templo, en las sinagogas, en los mercados, y no creéis. No hay un lugar de Israel que no haya oído mi voz. Hasta los lugares que abusivamente llevan el nombre de Israel desde hace siglos, pero que están separados del Templo; hasta los lugares que han dado el nombre a esta tierra nuestra, pero que de dominadores se transformaron en dominados, y que nunca se liberaron completamente de sus errores para venir a la Verdad; hasta en Siro-Fenicia, evitada por los rabíes como tierra de pecado, han oído mi voz y conocido mi ser. Os lo he dicho y no creéis en mis palabras. He hecho obras y a mis obras no habéis dirigido vuestra mente con espíritu bueno. Si lo hubierais hecho, con una intención recta de cercioraros acerca de mí, habríais llegado a la fe, porque las obras que hago en el nombre del Padre mío dan testimonio de mí. Los de buena voluntad, que me han seguido porque me han reconocido como Pastor, han creído en mis palabras y en el testimonio que dan mis obras. ¿Qué? ¿Acaso creéis que lo que Yo hago no tiene un fin útil para vosotros, útil para todas las criaturas? Desencantaos. No penséis que lo útil está en la salud que una persona recupera por mi poder, o en la liberación de uno u otro de la posesión o del pecado. Ésta es una utilidad circunscrita al individuo. Demasiado poco para ser la única utilidad respecto a la potencia que se desprende, y respecto a la fuente de donde se desprende, que es sobrenatural, más que sobrenatural: divina. Hay una utilidad colectiva de las obras que realizo. La utilidad de eliminar toda duda de los que titubean, de convencer a los contrarios, además de reforzar cada vez más la fe de los creyentes. Para esta utilidad colectiva, en favor de todos los hombres, presentes y futuros (porque mis obras me darán testimonio ante los que vendrán, y los convencerán respecto a mí), el Padre mío me da poder de hacer lo que hago. En las obras de Dios nada se hace sin un fin bueno. Recordadlo siempre. Meditad sobre esta verdad».

Jesús se detiene un momento. Fija su mirada en un judío que está cabizbajo, y dice:

«Tú, que estás pensando así, tú que llevas túnica de color de oliva madura, te estás preguntando si también Satanás tiene un fin bueno. No seas necio poniéndote en contra de mí y buscando el error en mis palabras. Te respondo que Satanás no es obra de Dios, sino de la libre voluntad del ángel rebelde. Dios le había hecho ministro suyo glorioso, y, por tanto, le había creado con buen fin. Mira, ahora tú, hablando con tu yo, dices: “Entonces Dios es insipiente, porque había donado la gloria a un futuro rebelde y confiado sus deseos a un desobediente”. Te respondo: “Dios no es insipiente, sino perfecto en sus acciones y pensamientos. Es el Perfectísimo. Las criaturas, incluso las más perfectas, son imperfectas. Siempre en ellas hay un punto de inferioridad respecto a Dios. Pero Dios, que las ama, ha concedido a las criaturas la libertad de arbitrio, para que a través de ella la criatura se complete en las virtudes y se haga, por tanto, más semejante a su Dios y Padre”. Y te digo más, a ti, escarnecedor y astuto buscador del pecado en mis palabras: que del Mal, que se formó voluntariamente, Dios todavía saca un fin bueno: el de servir para hacer a los hombres poseedores de una gloria merecida. Las victorias sobre el Mal son la corona de los elegidos. Si el Mal no pudiera suscitar una consecuencia buena para los que quieren con buena voluntad, Dios lo habría destruido. Porque nada de lo que hay en la Creación debe estar totalmente privado de incentivo o consecuencia buenos.

¿No contestas? ¿Te resulta duro deber proclamar que he leído tu corazón y que he vencido las deducciones injustificadas de tu pensamiento tortuoso? No voy a forzarte a hacerlo. Te dejo en tu soberbia en presencia de muchos. No reclamo que me proclames victorioso. Pero cuando estés solo con estos que te asemejan, y con los que os han enviado, entonces confiesa que Jesús de Nazaret leyó los pensamientos de tu mente y te estranguló las objeciones en la garganta sin más arma que su palabra de verdad.

Pero vamos a dejar esta interrupción personal y a volver a los muchos que me escuchan. Si siquiera, de tantos, uno, por mis palabras, convirtiera su espíritu a la Luz, resultaría recompensada mi fatiga por hablar a piedras, es más, a sepulcros llenos de víboras.

Estaba diciendo que los que me aman me han reconocido como Pastor por mis palabras y mis obras. Pero vosotros no creéis, no podéis creer, porque no sois de mis ovejas.

¿Qué sois vosotros? Os lo pregunto. Preguntáoslo en lo íntimo del corazón. No sois estúpidos. Podéis conoceros conforme a lo que sois. Basta con que escuchéis la voz de vuestra alma, que no se siente tranquila de seguir ofendiendo al Hijo de Aquel que la ha creado. Vosotros, aun conociendo lo que sois, no lo diréis. No sois ni humildes ni sinceros. Pues Yo os voy a decir lo que sois. Sois en parte lobos, en parte chivos salvajes. Pero ninguno de vosotros, a pesar de la piel de cordero que lleváis para aparentar que lo sois, es verdadero cordero. Bajo la lana blanda y blanca tenéis todos colores chillones, cuernos puntiagudos, colmillos de cabro o garras de fiera, y queréis seguir siendo eso porque os complace serlo, y soñáis con la crueldad y la rebelión. Por eso no me podéis amar y no podéis seguirme ni comprenderme.

Si entráis en el rebaño, es para producir daños, para causar dolor o introducir el desorden. Mis ovejas tienen miedo de vosotros. Si fueran como vosotros, os deberían odiar. Pero ellos no saben odiar. Son los corderos del Príncipe de paz, del Maestro de amor, del Pastor misericordioso. Y no saben odiar. No os odiarán nunca, como Yo no os odiaré nunca. Os dejo a vosotros el odio, que es el mal fruto de la ternaria concupiscencia con el yo desenfrenado en el animal hombre, que vive olvidado de que es también espíritu, además de carne. Yo me quedo con lo que es mío: el amor. Y es esto lo que comunico a mis corderos y os ofrezco también a vosotros para haceros buenos. Si os hicierais buenos, me comprenderíais y entraríais a formar parte de mi rebaño, siendo semejantes a los otros que ya están en él. Nos amaríamos. Yo y mis ovejas nos amamos. Me escuchan, reconocen mi voz.

Vosotros no comprendéis lo que es en verdad conocer mi voz. Es no abrigar dudas sobre su Origen y distinguirla entre mil otras voces de falsos profetas como verdadera voz venida del Cielo. Ahora y siempre, incluso entre los que se creen, y en parte lo son, seguidores de la Sabiduría, habrá muchos que no sabrán distinguir mi voz de otras voces que hablarán de Dios, más o menos con justicia, pero que serán, todas, inferiores a la mía…».

«Dices siempre que pronto te vas a ir, ¿y ahora pretendes decir que siempre hablarás? Si te marchas, ya no hablarás» objeta un judío con el tono despreciativo con que hablaría a un deficiente mental.

Jesús responde con su tono paciente y afligido, que ha manifestado un acento severo solamente cuando ha hablado al principio a los judíos, y después cuando ha respondido a las objeciones interiores del judío aquél:

«Hablaré siempre para que el mundo no se haga todo él idólatra. Y hablaré a los míos, elegidos para que os repitan mis palabras. El Espíritu de Dios hablará, y comprenderán aquello que ni siquiera los sabios sabrán comprender. Porque los estudiosos estudiarán la palabra, la frase, el modo, el lugar, el cómo, el instrumento a través de los cuales la Palabra habla, mientras que mis elegidos no se abstraerán en estos estudios inútiles; antes bien, me escucharán embargados en el amor y comprenderán, porque será el Amor el que hable. Distinguirán las adornadas páginas de los doctos o las engañosas de los falsos profetas, de los rabíes de hipocresía, que enseñan doctrinas inficionadas, o enseñan lo que ellos no practican, de las palabras sencillas, verdaderas, profundas que de mí vendrán. Pero el mundo los odiará por esto, porque el mundo me odia a Mí-Luz y odia a los hijos de la Luz, el tenebroso mundo que desea las tinieblas propicias para pecar.

Mis ovejas me conocen y me conocerán y me seguirán siempre, incluso por los caminos de sangre y dolor que Yo recorreré a la cabeza y ellas recorrerán después de mí. Los caminos que llevan las almas a la Sabiduría. Los caminos hechos luminosos por la sangre y el llanto de los perseguidos por enseñar la justicia, caminos hechos luminosos para que resalten en la calígine de los humos del mundo y de Satanás, y sean como estelas de estrellas para guiar a quienes buscan el Camino, la Verdad, la Vida, y no hallan a nadie que hacia ellos los guíe. Porque de esto tienen necesidad las almas: de alguien que las conduzca a la Vida, a la Verdad, al Camino bueno.

Dios es compasivo para con las almas que buscan y no encuentran, no por culpa propia sino por desidia de los pastores ídolos. Dios es compasivo para con aquellas almas que, abandonadas a sí mismas, se extravían y son acogidas por ministros de Lucifer, que están preparados para acoger a los extraviados y hacer de ellos prosélitos de sus doctrinas. Dios es compasivo para con aquellos que caen en el engaño por el simple hecho de que los rabíes de Dios, los llamados rabíes de Dios, se han desinteresado de ellos. Dios se muestra compasivo con todos estos que caminan hacia el desaliento, las brumas, la muerte, por culpa de los falsos maestros, que de maestros no tienen más que las vestiduras y el orgullo de que así los llamen. Y para estas pobres almas, de la misma forma que envió a los profetas para su pueblo, de la misma forma que me ha enviado a mí para el mundo entero, pues, después de mí, enviará a los servidores de la Palabra, de la Verdad y del Amor, para repetir mis palabras. Porque son mis palabras las que dan la Vida. De manera que mis ovejas de ahora y del futuro tendrán la Vida que Yo les doy a través de mi Palabra, que es Vida eterna para quien la acoge, y no perecerán nunca y ninguno podrá arrancarlas de mis manos».

«Nosotros no hemos rechazado nunca las palabras de los verdaderos profetas. Hemos respetado siempre a Juan, que ha sido el último profeta» responde con ira un judío, y sus compañeros le hacen coro.

«Murió a tiempo para no despertar vuestro odio y ser perseguido también por vosotros. Si estuviera todavía entre los vivos, el “no es lícito”, dicho por un incesto carnal, os lo diría también a vosotros, que cometéis adulterio espiritual fornicando con Satanás contra Dios. Y le mataríais, de la misma manera que abrigáis la intención de matarme a mí».

Los judíos se agitan furiosos, dispuestos ya a agredir, cansados de tener que fingirse mansos. Pero Jesús no se preocupa. Alza la voz para dominar el tumulto y grita:

«¿Y me habéis preguntado que quién soy Yo, hipócritas? ¿Decíais que queríais saber para estar seguros? ¿Y ahora decís que Juan fue el último profeta? Dos veces os condenáis por pecado de embuste: una, porque decís que no habéis rechazado nunca las palabras de los verdaderos profetas; la otra, porque, diciendo que Juan es el último profeta y que creéis en los verdaderos profetas, excluís que Yo sea también profeta, al menos profeta, y profeta verdadero. ¡Bocas embusteras! ¡Corazones de engaño! Sí, en verdad, en verdad Yo aquí en la casa de mi Padre proclamo que soy más que Profeta. Yo tengo lo que mi Padre me ha dado. Lo que mi Padre me ha dado es más precioso que todo y que todos, porque es algo en que ni la voluntad ni el poder de los hombres pueden meter las manos rapaces. Yo tengo lo que Dios me ha dado y que, aun estando en mí, está siempre en Dios, y nadie puede arrebatarlo de las manos del Padre mío, ni a mí, porque es la Naturaleza Divina igual. Yo y el Padre somos Uno».

«¡Ah! ¡Horror! ¡Blasfemia! ¡¡Anatema!!». El griterío de los judíos retumba en el Templo, y una vez más las piedras usadas por los cambistas y por los vendedores de ganado para mantener estables sus recintos son el abastecimiento de los que buscan armas adecuadas para agredir.

Pero Jesús se yergue con los brazos recogidos sobre el pecho. Se ha subido encima de un asiento de piedra para ser más alto de lo que ya es y para ser visto bien, y desde allí los domina con los rayos de sus ojos de zafiro. Domina y flecha. Se muestra tan majestuoso que los paraliza. En vez de lanzar las piedras, las dejan caer o las tienen en las manos, pero ya sin la audacia de lanzarlas contra Él. Los gritos también mueren en un estado de turbación extraño. Es verdaderamente Dios el que refulge en Cristo. Y, cuando Dios refulge así, hasta el hombre más arrogante se empequeñece y amedrenta. Y pienso en qué misterio se cela en que los judíos hayan podido manifestarse tan fieros el día de Viernes Santo; qué misterio, en la ausencia de este poder de dominación en Cristo en aquel día. Verdaderamente era la hora de las Tinieblas, la hora de Satanás, y sólo ellos reinaban… La Divinidad, la Paternidad de Dios había abandonado a su Cristo, y Él no era nada más que la Víctima…

Jesús está así unos minutos. Luego sigue hablando a esta turba vendida y vil que ha perdido toda prepotencia con sólo haber visto un destello divino:

«¿Y entonces? ¿Qué queréis hacer? Me habéis preguntado que quién era. Os lo he dicho. Os habéis puesto furiosos. Os he recordado las cosas que he hecho, he puesto ante vuestros ojos y vuestra memoria muchas obras buenas provenientes del Padre mío y cumplidas con el poder que me viene de mi Padre. ¿Por cuál de estas obras me lapidáis? ¿Por haber enseñado la justicia? ¿Por haber traído a los hombres la Buena Nueva? ¿Por haber venido a invitaros al Reino de Dios? ¿Por haber curado a vuestros enfermos, devuelto la vista a vuestros ciegos, dado movimiento a los paralíticos, palabra a los mudos; por haber liberado a los poseídos, resucitado a los muertos, favorecido a los pobres, perdonado a los pecadores; por haber amado a todos, incluso a los que me odian, a vosotros y a los que os envían? ¿Por cuál de estas obras, entonces, me queréis lapidar?».

«No te lapidamos por las obras buenas que has hecho, sino por tu blasfemia; porque Tú, siendo hombre, te haces Dios».

«¿No está escrito1 en vuestra Ley: “Dije: vosotros sois dioses e hijos del Altísimo”? Ahora bien, si Dios a aquellos a quienes habló llamó “dioses”, dando un mandato: el de vivir de manera que la semejanza y la imagen respecto a Dios, que están en el hombre, aparezcan en modo manifiesto y que el hombre no sea ni demonio ni bruto; si la Escritura llama “dioses” a los hombres, la Escritura, que ha sido enteramente inspirada por Dios (y, por tanto no puede ser modificada ni anulada según el gusto y el interés del hombre); entonces, ¿por qué me decís que blasfemo, Yo, por el Padre consagrado y enviado al mundo, porque digo: “Soy Hijo de Dios”? Si no hiciera las obras del Padre mío, razón tendríais en no creer en mí. Pero las hago. Y vosotros no queréis creer en mí. Creed, entonces, al menos en estas obras, para que sepáis y reconozcáis que el Padre está en mí y que Yo estoy en el Padre».

La tormenta de gritos y violencias empieza de nuevo, y más fuerte que antes. Desde una de las terrazas del Templo, en la que ciertamente estaban escuchando y escondidos sacerdotes, escribas y fariseos, graznan muchas voces: «Pero prended a ese blasfemo. Ya es pública su culpa. Todos lo hemos oído. ¡Muerte al blasfemo que se proclama Dios! Dadle el mismo castigo que al hijo de Selomit de Dibrí. ¡Que sea sacado de la ciudad y lapidado! ¡Es derecho nuestro! Está escrito2: “El blasfemo sea muerto”».

Las incitaciones de los jefes agudizan la ira de los judíos. Y éstos tratan de apoderarse de Jesús y de ponerle, atado, en manos de los magistrados del Templo, que, a su vez, están viniendo, acompañados por la guardia del Templo.

Pero más rápidos que ellos son una vez más los legionarios, que, vigilando desde la Antonia, han seguido el tumulto y salen del cuartel y vienen hacia el lugar donde se grita. Y no guardan respeto a ninguno. Las astas de las lanzas maniobran debidamente en cabezas y espaldas. Y se incitan unos a otros a aplicarse contra los judíos, diciendo agudezas o profiriendo insultos: «¡A la caseta, perros! ¡Dejad paso! Pégale fuerte a aquel tiñoso, Licinio. ¡Fuera! ¡El miedo os hace oler peor que nunca! ¿Pero qué coméis, cuervajos, para apestar así? Tienes razón, Baso. Se purifican pero apestan. ¡Mira aquel narigudo! ¡A la pared! ¡A la pared, que tomamos los nombres! Y vosotros, avestruces, bajad de allá arriba. Total… os conocemos. Buen informe va a tener que escribir el Centurión para el Gobernador. ¡No! A ése déjale. Es un apóstol del Rabí. ¿No ves que tiene aspecto de hombre y no de chacal? ¡Mira! ¡Mira cómo huyen por aquella parte! ¡Déjales que se vayan! ¡Para tenerlos convencidos habría que clavarlos a todos en las astas! ¡Sólo así los tendríamos doblegados! ¡Ojalá fuera mañana! ¡Ah, pero tú estás atrapado y no te escapas! ¡Te he visto, eh! La primera piedra ha sido la tuya. Responderás de haber dado a un soldado de Roma. También de esto. Nos ha maldecido imprecando contra las enseñas. ¡Ah, sí? ¿Verdaderamente? Ven, que vamos a enamorarte de ellas en nuestras mazmorras…».

Y así, cargando y escarneciendo, prendiendo a algunos, poniendo en fuga a otros, los legionarios despejan el vasto patio. Pero sólo cuando los judíos ven arrestar realmente a dos de ellos se revelan como lo que son: viles, viles, viles. O huyen chillando como una bandada de pollos que ve calarse al gavilán, o se arrojan a los pies de los soldados para suplicar piedad con un servilismo y una adulación nauseabundas.

Un suboficial, a cuyas pantorrillas se agarra un viejo lleno de arrugas, uno de los más apasionados contra Jesús, y que le llama “magnánimo y justo”, se libera de éste con un vigoroso envite que manda al judío a rodar tres pasos más atrás, y grita: «Vete, viejo zorro tiñoso». Y, hablando con un compañero, enseñando la pantorilla, dice: «Tienen uñas de zorro y baba de serpiente. ¡Mira esto! ¡Por Júpiter Máximo! ¡Voy inmediatamente a las Termas para quitarme las señales de ese viejo baboso!», y realmente se marcha, irritado, con su pantorrilla arañada.

He perdido completamente de vista a Jesús. No podría decir a dónde ha ido, por qué puerta ha salido. He visto sólo, durante un rato, aparecer y desaparecer en el alboroto las caras de los dos hijos de Alfeo y de Tomás, luchando por abrirse camino, y las de algunos discípulos pastores tratando de hacer lo mismo. Después también ellos han desaparecido de mi vista, y sólo ha quedado el último correteo de los pérfidos judíos, que tratan de alejarse en una u otra dirección para substraerse a la captura y al reconocimiento por parte de los legionarios, para quienes tengo la impresión de que fuera una fiesta el poder cargar fuerte sobre los hebreos, para resarcirse de todo el odio con que saben que son… remunerados.

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