José en la memoria de María de Alfeo

… María expresa una pálida sonrisa al mostrarle su cuñada (María de Cleofás, esposa de Alfeo, hermano de José) unas semillas, que no sé dónde las habrá conseguido, diciéndole que quiere sembrarlas en Nazaret después de la Pascua, junto a la gruta que Ella tanto estima. Y María de Alfeo dice:
«Cuando eras niña, te recuerdo siempre con estas flores en tus manitas. Las llamabas las flores de tu venida. Efectivamente, cuando naciste, tu huerto estaba cuajado de ellas, y en el atardecer en que toda Nazaret se apresuró a ir a ver a la hija de Joaquín, los hacecillos de estas estrellitas eran verdaderamente un diamante por el agua que había caído del cielo y por el último rayo de sol que desde el Poniente incidía en ellos; y, dado que te llamabas “Estrella”, todos decían, mirando a esas muchas, pequeñas estrellas brillantes: “Las flores se han adornado para festejar a la flor de Joaquín, y las estrellas han dejado el cielo para acercarse a la Estrella”; y todos sonreían, felices por el signo venturoso y por la alegría de tu padre. Y José, el hermano de mi marido, dijo: “Estrellas y gotitas de agua. ¡Es verdaderamente María!”. ¿Como podía imaginar, entonces, que habrías de ser su estrella?
¡Cuando volvió de Jerusalén elegido para esposo tuyo!… Toda Nazaret quería festejarle, porque grande era el honor que le venía del Cielo y de su matrimonio contigo, hija de Joaquín y Ana; y todos querían invitarle a un banquete. Pero él, con su dulce pero firme decisión rechazó toda fiesta. De modo que asombró a todos, porque ¿quién es el hombre que, destinado a noble matrimonio y con símil decreto del Altísimo, no celebre su felicidad de alma y de carne y sangre? Pero él decía: “A gran elección gran preparación”. Y con una continencia que alcanzaba también a las palabras y al alimento —pues que toda otra continencia siempre había existido en él— pasó ese tiempo trabajando y orando, porque, si se puede orar con el trabajo, yo creo que cada golpe de martillo y cada señal hecha con el escoplo se transformaban en oración.
Tenía su rostro como extéatico. Yo iba a arreglar la casa, a blanquear sábanas u otras cosas que había dejado tu madre y que con el tiempo se habían puesto amarillentas, y le miraba mientras trabajaba en el huerto y en la casa para ponerlos otra vez en orden, como si nunca hubieran estado abandonados; y le hablaba incluso… Pero estaba como absorto. Sonreía… pero no era a mí o a otros, sino a un pensamiento suyo que no era, no, el pensamiento de todos los hombres que se aproximan a su boda. Ésa es una sonrisa de alegría maliciosa y carnal… Él… parecía sonreír a los invisibles ángeles de Dios, y parecía que hablara con ellos y los consultara… ¡Oh, porque estoy convencida de que los ángeles le instruían acerca de cómo tratarte a ti! Porque después, y fue otro motivo de estupor de toda Nazaret, y casi de desdén de mi Alfeo, pospuso la boda lo más que pudo, y no se comprendió nunca cómo fue que al improviso se decidiera antes del tiempo fijado. Y también cuando se supo que ibas a ser madre, ¡cómo se asombró Nazaret por su alegría ausente!…
Pero también mi Santiago es un poco así. Y cada vez más lo es. Ahora que le observo bien —no sé por qué, pero desde que fuimos a Efraím me parece completamente nuevo—, le veo así… justamente como a José. Mírale ahora también, María, ahora que se está volviendo otra vez para mirarnos. ¿No tiene ese aspecto absorto tan habitual en José, tu esposo? Sonríe con esa sonrisa que no sé si llamarla triste o lejana. Mira y tiene esa mirada larga, que va más allá de nosotros, que muchas veces tenía José. ¿Recuerdas cómo le pinchaba Alfeo? Decía: “Hermano, ¿ves todavía las pirámides?”. Y él meneaba la cabeza sin decir nada, paciente y reservado en sus pensamientos.
Poco hablador siempre. Pero ¡desde que volvisteis de Hebrón…! Ya ni siquiera a la fuente iba solo, como hasta entonces había hecho, y como hacen todos: o contigo o a su trabajo. Y, aparte del sábado en la sinagoga, o cuando se dirigía a otro lugar para alguna gestión, nadie puede decir que viera a José de paseo en esos meses.
Luego os marchasteis… ¡Qué angustia la ausencia de noticias vuestras después de la matanza! Alfeo fue hasta Belén… “Se marcharon” dijeron. Pero… ¿cómo creerlos, si os odiaban a muerte en esa ciudad en que todavía rojeaba la sangre inocente y se elevaba humo de las ruinas y se os acusaba de que por vosotros esa sangre había corrido? Fue a Hebrón, y vosotros al Templo, porque Zacarías tenía su turno. Isabel no le dio más que lágrimas, y Zacarías palabras de consuelo. El uno y la otra, angustiados por Juan y temiendo nuevos actos de crueldad, le habían escondido y estaban verdaderamente en ascuas por él. De vosotros no sabían nada. Y Zacarías dijo a Alfeo: “Si están muertos, su sangre ha caído sobre mí, porque yo los convencí de que se quedaran en Belén”. ¡Mi María! ¡Mi Jesús, visto tan guapo durante la Pascua que siguió a su nacimiento! ¡Y no recibir noticias durante tanto tiempo! Pero… ¿por qué nunca una noticia?…».
«Porque convenía guardar silencio. En el lugar donde estábamos, muchas eran las Marías y muchos los Josés, y convenía pasar por una pareja cualquiera de esposos» responde serena María, y suspira: «Y eran, dentro de su tristeza, días aún felices. ¡El mal estaba tan lejos todavía! ¡Aunque nuestra humanidad careciera de muchas cosas, el espíritu se saciaba con la alegría de tenerte, Hijo mío!».
«También ahora tienes contigo a tu Hijo. ¡Falta José, es verdad! Pero Jesús está aquí y con su completo amor de adulto» observa María de Alfeo.
María levanta la cabeza para mirar a su Jesús. Y en su mirada hay congoja, aunque su boca sonría levemente. Mas no añade ninguna otra palabra.

2019-03-19T08:25:59+00:00
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