Dice Jesús:
«El verdadero siervo de Dios, ante cualquier presión de fuerzas humanas que quisieran desviarlo de los caminos del Señor, responde: “¿Puedo, quizá, decir o hacer algo distinto de lo que el Señor me ha mandado?”.
La obediencia al mandato de Dios, sea cual sea este mandato, es el signo del siervo de Dios. Las exigencias divinas son infinitas y todas están justificadas por un fin de amor. A éste impondré callar, a aquél hablar, a éste aislarse, a aquel otro hacerse rector de almas. A aquél le daré visión sobrenatural y a aquel otro voz sobrenatural. Pues bien: que mis siervos hagan según mi voluntad y serán, en el mérito, iguales ante Mí.
Yo no os obligo de manera que no podáis negaros a obedecerme. No, ni siquiera a los que en mi mano son dóciles como un copo de lino preparado para ser hilado, les fuerzo a obedecer. Pero cuanto más son “míos” más fácil y querida les es la obediencia, de manera que aún a costa de su peligro —porque el mundo odia a quienes son de Dios— y su sufrir —porque el mundo hace florecer su odio en sufrimiento para mis “santos”— permanecen fieles a mi mandato.
Bocas lavadas por el amor y corazones hechos espejos de Dios por la caridad, que es su vida, ellos sólo realizan y repiten lo que Yo les sugiero. Benditos seguidores de mi Hijo, copian a su Maestro en quien la obediencia fue infinita porque era divina y porque no utilizó su naturaleza para escoger las obediencias fáciles, sino que las saboreó todas y las hizo suyas, incluso las que repugnan al hombre, criatura inferior a Dios, y que el Hijo de Dios también abrazó para seros ejemplo.
Pero Yo, que no miento y no cambio, os juro que mi bendición está sobre éstos, porque en su corazón no hay algún ídolo, sino se erige un sólo altar: el mío, desde el que resuena —pero para ellos es voz del Padre que no atemoriza, sino como voz de un órgano celestial arrebata el espíritu a un gozo santo— mi Voluntad, para ellos sagrada como Yo mismo.
Yo estoy con estos siervos míos2. Y mi presencia es como el tañido de victoria del que habla el Libro, porque hace huir a todos los enemigos del espíritu y le hace un seguro conquistador del Cielo.
Tras haber entrevisto durante la vida el Rostro de Dios, benigno y sonriente, a través de los velos de la distancia y de la Voluntad, conocerán “la Estrella nacida de Jacob”, mi Hijo santo, el Justo en cuya Mano traspasada he puesto el cetro de rey, la vara sagrada que en el Día del Juicio signará a los benditos y a los malditos y que para mis siervos será dulce como una caricia.
Seguid al Dominador eterno desde ahora. Él os conduce por camino seguro a la posesión del Reino de Dios tan sólo con la obediencia, de la que es ejemplo el hombre del que habla el Libro, no queráis hacer por vuestra cuenta ni el bien ni el mal, sino únicamente lo que os dice el Señor».
(Los Cuadernos, 1943 – 16 de diciembre)